Fascismo

El fascismo es una ideología, un movimiento político y un tipo de estado[1]​ de carácter totalitario y antidemocrático; creado por el dirigente italiano Benito Mussolini, se difundió en la Europa de entreguerras desde 1918 hasta 1939. El término «fascismo» proviene del italiano fascio (‘haz, fasces’), y este a su vez del latín fascēs (plural de fascis), que alude a los signos de la autoridad de los magistrados romanos. Sin embargo el término «fascismo» es uno de los más difíciles de definir con exactitud en las ciencias políticas desde los mismos orígenes de este movimiento posiblemente porque no existe una ideología ni forma de gobierno «fascista» sistematizada y uniforme en el sentido que sí tendrían otras ideologías políticas de la Modernidad.[2][3][4]

Entre los rasgos del fascismo se encuentra la exaltación de valores como la patria o la raza para mantener permanentemente movilizadas a las masas, lo que ha llevado con frecuencia a la opresión de minorías (como judíos y gitanos) y un fuerte militarismo. En este sentido el enemigo se identifica como un ente exterior, a diferencia de los totalitarismos típicos de izquierda en que el enemigo es interno (burguesía).[cita requerida]

La Primera Guerra Mundial fue decisiva en la gestación del fascismo, al provocar cambios masivos en la concepción de la guerra, la sociedad, el Estado y la tecnología. El advenimiento de la guerra total y la movilización total de la sociedad acabaron con la distinción entre civiles y militares. Una «ciudadanía militar» surgió, en la que todos los ciudadanos se involucraron con los militares de alguna manera durante la guerra. La guerra pone así de relieve el papel de un poderoso Estado capaz de movilizar a millones de personas para servir en primera línea y proporcionar producción económica y logística para apoyarlos, además de tener una autoridad sin precedentes para intervenir en la vida de los ciudadanos. Para ello, desde un punto de vista fascista, es necesaria la destrucción de los partidos y los sindicatos; la democracia y el voto se consideran métodos inútiles, se aboga por un sistema con un partido político único.

Así pues, el fascismo se caracteriza por eliminar el disenso: el funcionamiento social se sustenta en una rígida disciplina y un apego total a las cadenas de mando, y en llevar adelante un fuerte aparato militar, cuyo espíritu militarista trascienda a la sociedad en su conjunto, junto a una educación en los valores castrenses, un nacionalismo fuertemente identitario con componentes victimistas, que conduce a la violencia contra los que se definen como enemigos.[5]

Los fascistas creen que la democracia liberal es obsoleta y consideran que la movilización completa de la sociedad en un Estado de partido único totalitario es necesaria para preparar a una nación para un conflicto armado y para responder eficazmente a las dificultades económicas. Tal Estado es liderado por un líder fuerte—como un dictador y un gobierno marcial compuesto por los miembros del partido fascista gobernante—para forjar la unidad nacional y mantener una sociedad estable y ordenada. El fascismo niega que la violencia sea automáticamente negativa en la naturaleza, y ve la violencia política, la guerra y el imperialismo como medios para lograr una regeneración, un rejuvenecimiento nacional. Por otra parte, los fascistas abogan por una economía mixta, con el objetivo principal de lograr la autarquía mediante políticas económicas proteccionistas e intervencionistas.[cita requerida]

El fascismo se presenta como una «tercera vía» o «tercera posición»[6]​ que se opone radicalmente tanto a la democracia liberal en crisis (la forma de gobierno que representaba los valores de los vencedores en la Primera Guerra Mundial, como el Reino Unido, Francia o Estados Unidos, a los que considera decadentes) como a las ideologías del movimiento obrero tradicional en ascenso (anarquismo o marxismo). Sin embargo algunos autores sostienen que el fascismo deriva en mayor medida de la matriz socialista clásica[7][8]​ caracterizado por un estado con sentido comunitario, altamente intervencionista, revolucionario, antiliberal y anticapitalista, en la que se agregan elementos nacionalistas exacerbados contraponiéndose a la lucha de clases mediante un fuerte antimarxismo aunque adoptando una tesis postmarxista que compartiría con el leninismo, la «lucha de naciones» - concepto que quizás sea la aportación ideológica más perdurable del fascismo luego de de la Segunda Guerra Mundial, pues esta idea sería adoptada posteriormente por las ideologías nacionalistas del Tercer Mundo y por la teoría del centro-periferia.[9]​ A la inversa, los teóricos marxistas tradicionalmente han acusado al fascismo de ser la última fase del capitalismo.[10]Karl Polanyi consideraba que el fascismo era el corolario del liberalismo y la "obsoleta mentalidad" de una economía de mercado autorregulada.[11][12]

El concepto de «régimen fascista» puede aplicarse a algunos regímenes políticos totalitarios o autoritarios[13]​ de la Europa de entreguerras y a prácticamente todos los que impusieron las potencias del Eje durante su ocupación del continente durante la Segunda Guerra Mundial: en primer lugar, la Italia fascista de Benito Mussolini (1922) —que inaugura el modelo y acuña el término, aun cuando no hay consenso entre los especialistas en que este haya sido un régimen totalitario—,[14]​ seguida por la Alemania del Tercer Reich de Adolf Hitler (1933) —que lo lleva a sus últimas consecuencias—[14]​ y, cerrando el ciclo, la España de Francisco Franco, cuyo régimen se prolonga mucho más tiempo (desde 1939 hasta 1975) y evoluciona —aunque la catalogación de este régimen dentro del fascismo suele ser rechazada o discutida por parte de los especialistas en el tema—.[15]

Las diferencias de planteamientos ideológicos y trayectorias históricas entre cada uno de estos regímenes son notables. Por ejemplo, el fascismo en la Alemania nazi (o nacional-socialismo) añade un importante componente racista, que sólo es adoptado en un segundo momento y con mucho menor fundamento por el fascismo italiano y el resto de movimientos fascistas o fascistizantes. Para muchos de estos, el componente religioso (católico u ortodoxo según el caso) fue mucho más importante: así, el historiador británico Trevor-Roper evoca un «fascismo clerical» (como sería el caso del nacionalcatolicismo español).[16]

Puede considerarse que el fascismo italiano es un sistema de gobierno centrado en el Estado -aunque no necesariamente llegaba hasta el punto de proponer la estatización de todas las empresas y de todo aspecto de la vida como el socialismo de estilo soviético:

El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu del pueblo. En la doctrina fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo.

Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.

Mussolini[17]

Por su parte, el nazismo alemán está centrado en la raza, identificada con el pueblo (Volk) o con la «comunidad popular» (Volksgemeinschaft, interpretable como comunidad del pueblo o comunidad de raza, o incluso como expresión del apoyo popular al Partido y al Estado:

Ein Volk, ein Reich, ein Führer!
«¡Un Pueblo, un Imperio, un Líder!»
Lema de la Alemania nazi

También se pueden encontrar elementos del fascismo fuera del período de entreguerras, tanto antes como después. Para algunos estudiosos del fascismo, un precedente del fascismo fue la organización francesa Action Française (Acción Francesa, 1898), cuyo principal líder fue Charles Maurras: Action Française contaba con un ala juvenil violenta llamada los Camelots du Roi y se sustentaba en una ideología nacionalista, reaccionaria, fundamentalista cristiana (aunque Maurras era agnóstico) y antisemita; sin embargo algunos especialistas sostienen que los conservadurismos radicalizados como el de Action Française no deben identificarse necesariamente con el fascismo pues carecen de otros elementos esenciales al mismo como el rol omnipotente del Estado y el culto a la revolución social que continúa en la tradición de la Revolución Francesa en vez de negarla. Otros especialistas señalan que la fuente originaria del fascismo debe identificarse en el sindicalismo revolucionario del francés Georges Sorel que propugnaba un socialismo gremial con elementos míticos o mesiánicos. Otros atribuyen el origen del fascismo a la fusión de ideas de los socialistas heterodoxos italianos Giovanni Gentile y Gabriele D'Annunzio por parte de Mussolini.

Después de la Segunda Guerra Mundial el fascismo dejó de ser un movimiento político importante a nivel internacional. Debido al masivo rechazo de la ideología y de los regímenes fascistas, pocos partidos se han descrito abiertamente como fascistas, y el término es usualmente usado peyorativa y erróneamente por oponentes de un grupo político. Así, los calificativos «neofascistas» o «neonazis» suelen aplicarse a partidos de extrema derecha con ideologías similares o enraizadas en los movimientos fascistas del siglo XX; en muchos países existen legislaciones que prohíben o limitan su existencia o la exhibición de sus símbolos.[cita requerida]

Características y definición

El fascismo es una ideología política y cultural fundamentada en un proyecto de unidad monolítica denominado corporativismo, por ello exalta la idea de nación frente a la de individuo o clase; suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único y los localismos en beneficio del centralismo; y propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta, denominada cuerpo social, formado por cuerpos intermedios y sus representantes unificados por el gobierno central, y que este designaba para representar a la sociedad.

Para ello el fascismo inculcaba la obediencia de las masas (idealizadas como protagonistas del régimen) para formar una sola entidad u órgano socioespiritual indivisible.[18]​ El fascismo utiliza hábilmente los nuevos medios de comunicación y el carisma de un líder dictatorial en el que se concentra todo el poder con el propósito de conducir en unidad al denominado cuerpo social de la nación.

El fascismo se caracteriza por su método de análisis o estrategia de difusión de juzgar sistemáticamente a la gente no por su responsabilidad personal sino por la pertenencia a un grupo. Aprovecha demagógicamente los sentimientos de miedo y frustración colectiva para exacerbarlos mediante la violencia, la represión y la propaganda,[19]​ y los desplaza contra un enemigo común (real o imaginario, interior o exterior), que actúa de chivo expiatorio frente al que volcar toda la agresividad de manera irreflexiva, logrando la unidad y adhesión (voluntaria o por la fuerza) de la población. La desinformación, la manipulación del sistema educativo y un gran número de mecanismos de encuadramiento social, vician y desvirtúan la voluntad general hasta desarrollar materialmente una oclocracia que se constituye en una fuente esencial del carisma de liderazgo y en consecuencia, en una fuente principal de la legitimidad del caudillo.

El fascismo es expansionista y militarista, utilizando los mecanismos movilizadores del irredentismo territorial y el imperialismo que ya habían sido experimentados por el nacionalismo del siglo XIX. De hecho, el fascismo es ante todo un nacionalismo exacerbado que identifica tierra, pueblo y estado con el partido y su líder.[20]

El fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales.[21]

El proyecto político del fascismo es definido por el economista venezolano antichavista Humberto García Larralde como el intento de instaurar un Estado totalitario, basado en el corporativismo y una economía dirigista.[22]

Razón, voluntad y acción

Casa del Fascio Di Reggio Calabria, de líneas arquitectónicas vanguardistas para los años veinte. Destaca la palabra Dux, en referencia a Mussolini, y las siglas del partido sobre la puerta.
Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 fueron el escaparate del nazismo, siguiendo la estética neoclásica coincidente con el ideal de belleza aria. Algunas filmaciones de los juegos se deben a Leni Riefenstahl, que también dirigió la filmación del congreso nazi de Nüremberg de 1934, de impresionantes concentraciones y discursos, con el expresivo título de El triunfo de la voluntad.

Las conexiones del fascismo con movimientos intelectuales —artísticos como el futurismo y otras vanguardias y filosóficos, como el irracionalismo y el vitalismo— supusieron en realidad, más que su influencia, su utilización y manipulación, que fue atractiva —en mayor o menor medida, con mayor o menor grado de compromiso o simple contemporización, y a veces con evolución posterior en contra— para muchas personalidades destacadas: italianos como Gabrielle D'Annunzio, Filippo Tommaso Marinetti, Curzio Malaparte o Luigi Pirandello;[23]​ alemanes como Martin Heidegger, Ernst Jünger, Carl Schmitt, Wilhelm Furtwängler o Herbert von Karajan; franceses como Robert Brasillach, Louis-Ferdinand Céline o Pierre Drieu La Rochelle;[24]​ españoles como Ernesto Giménez Caballero, Eugenio D'Ors, Agustín de Foxá, Pedro Laín Entralgo o Dionisio Ridruejo;[25]​ noruegos como Knut Hamsun, rumanos como Mircea Eliade; y estadounidenses como Ezra Pound. En concreto en el caso de Alemania, ocurrió con tópicos culturales como el del Übermensch de Nietzsche,[26]​ o incluso con las desviaciones pseudocientíficas justificadoras del racismo, como la eugenesia y el darwinismo social. La ciencia misma fue un principal objeto de consideración, encuadrada y subordinada de manera totalitaria al Estado y al Partido.

Como dice Isaiah Berlin, la Rebelión Romántica ha ido socavando los pilares de la tradición occidental ofreciendo como alternativa «la autoafirmación romántica, el nacionalismo, el culto a los héroes y los líderes, y al final... fascismo e irracionalismo brutal y la opresión de las minorías». En ausencia de reglas objetivas las nuevas reglas las hacen los propios rebeldes: «Los fines no son valores objetivos... Los fines no son descubiertos en absoluto, sino construidos, no se encuentran sino que se crean»... llega a inspirar la política del Estado: la ciencia aria consistía en un constructo social de modo que la herencia racial del observador «afectaba directamente la perspectiva de su trabajo». De ahí que los científicos de razas indeseables no resultarán admisibles y solo se podría escuchar a aquéllos que estuvieran en sintonía con las masas, el völk. La física debía ser reinterpretada para relacionarla no con la materia sino con el espíritu, descartándose así la objetividad y la internacionalidad de la ciencia.[27]

La incoherencia de los postulados no era ningún inconveniente: el antiintelectualismo y el predominio de la acción sobre el pensamiento eran conscientemente buscados. Incluso la modernidad estética inicial se llegó a despreciar (arte nazi y concepto de Entartete Kunst o Arte degenerado, quema de libros, estigmatización de determinados intelectuales o de colectivos enteros). Para Stanley Paine, lo que caracterizaba el ideario falangista (movimiento semejante al fascismo en España, fundado en los años treinta por José Antonio Primo de Rivera y que Franco transformó y encuadró en un ampuloso: Movimiento Nacional, con la guerra civil y el franquismo) eran justamente «sus ideas vagas y confusas».[28]

El fascismo rechaza la tradición racionalista y adopta posturas de desconfianza en la razón y exaltación de los elementos irracionales de la conducta, los sentimientos intensos y el fanatismo. Se busca con todo cinismo la simplificación del mensaje, con absoluto desprecio por sus destinatarios:

La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas... Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad.

Cualquier idea emanada del jefe es un dogma indiscutible, y una directriz a seguir ciegamente, sin discusión ni poder ser sometida a análisis.[30]​ Se exaltan los valores de la virilidad, la camaradería y el compañerismo de los hermanos de armas, todo ello en sintonía con algunas tradiciones militaristas existentes en todos los ejércitos, pero que fueron exacerbados para su utilización por estados cuya conexión con el fascismo es más o menos estrecha. Serían los casos del ejército alemán, el japonés y los llamados militares africanistas españoles.[31]

Nacionalismo de vencidos

Monumento a los Caídos en Como, proyectado por Giuseppe Terragni a partir de un boceto de Sant'Elia e inaugurado en 1933

Se suele indicar que una característica de los países donde triunfaron los movimientos fascistas fue la reacción de humillación nacional por la derrota[32]​ en la Primera Guerra Mundial (se ha utilizado la expresión nacionalismo de vencidos),[33]​ que impulsaba a buscar chivos expiatorios a quienes culpar (caso de Alemania), o la frustración de las expectativas no cumplidas (caso de Italia, defraudada por el incumplimiento del Tratado de Londres).[34]​En ambos casos, el resentimiento se manifestaba, en el plano internacional, en contra de los más claros vencedores (como Reino Unido, Francia o Estados Unidos); mientras que en el plano interno se volcaba contra el movimiento obrero (sindicalistas, anarquistas, comunistas, socialistas) o el peligro real o imaginado de una revolución comunista o incluso una Conspiración Judeo-Masónico-Comunista-Internacional, o cualquier otra fantasmagórica sinarquía oculta en cuya composición incluyera a cualquier organización que los fascistas juzgasen transnacional y opuesta a los intereses del Estado, como el capitalismo, la banca, la bolsa, la Sociedad de Naciones, el movimiento pacifista o la prensa. Sobre todo en el caso alemán, se insistía en la convicción de pertenecer a un pueblo o raza superior cuya postración actual se debe a una traición que le ha humillado y sometido a una condición injusta; y que tiene derecho a la expansión en su propio espacio vital (Lebensraum), a costa de los inferiores.

Componente social

Fábrica de cañones Krupp durante la Primera Guerra Mundial. La remilitarización de Alemania impulsada por Hitler en contra de las limitaciones del pacto de Versalles fue muy favorable a los intereses de la gran industria.

La componente social del fascismo pretende ser interclasista y antiindividualista: niega la existencia de los intereses de clase e intenta suprimir la lucha de clases con una política paternalista, de sindicato vertical y único en que tanto trabajadores como empresarios obedezcan las directrices superiores del gobierno, como en un ejército. Tal es el corporativismo italiano o el nacionalsindicalismo español. El nacionalismo económico, con autarquía y dirección centralizada se adaptaron como en una economía de guerra a la coyuntura de salida de la crisis de 1929, con proteccionismo. No obstante, no hubo en ningún sistema fascista ni planes quinquenales al estilo soviético, ni cuestionamiento de la propiedad privada siempre que cumpliera lo que el Estado dictaminara como «función social», ni alteraciones radicales del sistema capitalista convencional más allá de una fuerte intervención del mercado favoreciendo determinadas áreas de las grandes empresas industriales. Estas características sirven como base a una crítica (de orientación tanto liberal como materialista) que resalta la conveniencia del fascismo para un sector importante de la burguesía.[35]

Desde ese punto de vista, se suele mantener que los movimientos fascistas de entreguerras fueron alimentados por las clases económicamente poderosas (por ejemplo la alta burguesía industrial o las familias conservadoras ricas), para oponerse a los movimientos obreros y a la democracia liberal. Esa tesis fue defendida en 1936 por el historiador Daniel Guérin (Fascismo y grandes negocios), en la que lo asocia a un complejo industrial-militar, expresión que sería posteriormente reutilizada para definir otros contextos, como el de la carrera de armamentos entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Noam Chomsky describe el fascismo como el sistema donde el Estado integra la mano de obra y el capital bajo el control de una estructura corporativa.[36]​ Aunque la tesis que identifica al fascismo con un capitalismo de Estado corporativo (una economía altamente intervencionista que protege y financia a grandes empresas privadas) no siempre es sostenida ampliamente, hay muchos elementos que permiten la identificación de intereses entre fascismo y una cartelización del entorno económico-político.[37]​ Así, por ejemplo, cuando se compara la estructura económica de la población entre países, en concreto el peso económico del 5 % de la población con mayores ingresos en la renta nacional, mientras que en Estados Unidos disminuyó un 20 % entre 1929 y 1941 (cifras similares para el noroeste de Europa), en la Alemania nazi aumentó un 15 %.[38]

Relación con el capitalismo y el socialismo

Según la doctrina tercerposicionista, el fascismo no es de izquierda ni de derecha, ni capitalista ni comunista, ya que el fascismo sería una idea totalmente original; sin embargo en la práctica más que una idea original sería una fusión sincrética de varias ideas políticas -proyectos, discursos, etc.- aglutinadas siempre bajo el nacionalismo unitario y el autoritarismo centralista.[39]

Una de las razones de considerar usualmente al fascismo como un movimiento de derecha política suele ser la alianza estratégica del fascismo con los intereses de las clases económicas más poderosas, junto a su defensa de valores tradicionales como el patriotismo o la religiosidad, para preservar el statu quo. Una vez alcanzado el poder, la plutocracia cooperó decididamente con el fascismo en sus diversas versiones.

Por otra parte, las razones para considerar que el fascismo tiene conexiones con la izquierda política y es una variante chovinista del socialismo de Estado, son su programa económico colectivista (proteccionismo, nacionalización, etc.) y discurso político, más no como movimiento o proyecto doctrinario (en donde eran antagónicos). El sociólogo Jürgen Habermas utilizó el término fascismo de izquierda para definir al autoritarismo de la izquierda radical.[40]

El fascismo y sus variantes apelaban al sentimiento popular y las masas como las protagonistas del régimen, especialmente por la virilidad exaltada en el trabajo manual y obrero (obrerismo); a pesar de ello no reconocía la libertad de asociación por motivos de clase (libertad sindical) sino la identificación de los trabajadores como «súbditos» del Estado, «pueblo» y «patria», por ello su símil con el populismo.[41]

El programa económico del fascismo toma importantes criterios de la Nueva Política Económica (NPE), que Lenin aplicó luego de la guerra civil en Rusia, que consistía en recurrir al capitalismo para fortalecer la economía nacional. La idea, en el caso de Mussolini era usar a los capitalistas industriales para implantar en conjunto con el gobierno el corporativismo nacionalista y totalitario. Esta paradoja es explicable ya que el corporativismo, el proyecto político del fascismo, haría que todos los sectores de la sociedad deban obligatoriamente integrarse y trabajar unificadamente al mando del gobierno, por lo que esta corporación incluiría aspectos considerados normalmente «capitalistas» y «socialistas»[cita requerida].[42]​ Angelo Tasca, en su libro “Los orígenes del fascismo”, recoge unas declaraciones de Mussolini poco antes de tomar el poder:“Basta de Estado trabajando a expensas de todos los contribuyentes y agotando las finanzas de Italia Que no se diga que el Estado se empequeñece recortado de esta forma. No, sigue siendo muy grande, ya que le queda todo el vasto campo del espíritu, mientras renuncia a todo el campo de la materia». Mussolini ven todos los servicios públicos devueltos a la industria privada, el tendero se siente descargado de impuestos y liberado de la tutela del Estado.[43]​En tanto Hitler en Mi lucha, referido a empresarios y obreros: La alta medida de libertad personal de acción que ha de serles conferida hay que explicarla por el hecho de que, de acuerdo con la experiencia, la capacidad de rendimiento del individuo se ve más ampliamente robustecida manteniendo la libertad economica que con coacciones desde arriba, y es además conveniente evitar cualquier traba al proceso natural de selección que ha de promover a los más capaces, más aptos y más industriosos. Hitler se oponia firmemente de modo similar; la intervención del Estado en la economía es: un instrumento peligroso, porque toda economía planificada se desliza con demasiada facilidad hacia la burocratización, con la consiguiente asfixia de la eternamente creativa iniciativa privada individual[44]

Según el economista austriaco Ludwig von Mises la raíz del fascismo, en sus diferentes vertientes, se encuentra en las ideas colectivistas del socialismo y más propiamente como una escisión patriótica del marxismo, que comparte las tesis del rechazo al mercado libre, la sociedad burguesa, el gobierno limitado y la propiedad privada[45]​ y en la exaltación de un sector de la sociedad como el elegido por «la historia» para dirigir las vidas del resto de la sociedad que por «razones históricas» está permitido de vulnerar el principio de igualdad ante la ley al reclamar «derechos especiales» sobre los demás (ej. clasismo, racismo, sexismo, etc.). El fascismo apenas variaría, en la práctica, sobre qué grupo y cómo se debería administrar la propiedad expoliada a los individuos. Llegó a afirmar en 1927, no obstante, que no podía negarse «que el fascismo y todas las aspiraciones dictatoriales similares están colmadas de las mejores intenciones y que su intervención ha salvado la civilidad europea por el momento. El mérito que el fascismo se ha ganado con ello continuará viviendo para siempre en la historia», aunque inmediatamente afirmaba que «el fascismo fue un recurso de emergencia del momento; verlo como algo más sería un error fatal».[46]

El fascismo operaba desde un punto de vista darwinista social de las relaciones humanas ideas cercanas al liberalismo económico. Su objetivo era promover a individuos superior y eliminar a los débiles.[47]​ En términos de práctica económica, significó la promoción de los intereses de empresarios exitosos, a la par que destruyeron los sindicatos y otras organizaciones de la clase obrera.[48]

Por otra parte, las ventajas que los nuevos regímenes le proporcionaban a la plutocracia eran evidentes: eliminaba la posibilidad de revolución social obrera, suprimía los sindicatos reivindicativos y mantenía otras restricciones en las relaciones capital-trabajo, legitimando el principio de liderazgo en la empresa; al suprimir la libre competencia permitía crear cárteles oligopólicos de empresas favorecidas con millonarios contratos estatales o subsidiadas por el gobierno como «incentivos» a la producción nacional. Además, de su indudable éxito en respuesta a la Gran Depresión, al menos en el corto plazo.[49]

La sensación de estabilidad era muy marcada: Mussolini había conseguido que los trenes funcionaran con puntualidad (tras el famoso incidente de uno de sus primeros viajes como Duce, en el que supuestamente mandó fusilar a un maquinista). El que esa sensación de estabilidad corresponda o no con una real eficacia es secundario, y de hecho parece que la puntualidad ferroviaria (y quizá también el incidente del maquinista) era más bien un mito.[50]

Origen de sus líderes

Lo mismo puede decirse del origen personal de algunos de sus miembros, empezando por el propio Mussolini, que antes del término de la Primera Guerra Mundial, era un importante ideólogo obrerista y militante socialista. El origen social de los líderes fascistas en distintas partes de Europa fue muy diferente: a veces aristocrático (Starhemberg, Mosley, Ciano), a veces proletario (Jacques Doriot y el PPF francés); muchas veces militares (Franco, Pétain, Vidkun Quisling, Szálasi, Metaxas), o juristas (José Antonio Primo de Rivera, Ante Pavelić, Oliveira Salazar). Los casos más destacados, los propios Hitler y Mussolini, eran fuertes personalidades de oscuro origen, desclasados e inadaptados, pero de irresistible ascensión.[51]​ Sus militantes salían de entre los estudiantes (muy abundantes en la Guardia de Hierro rumana o el rexismo belga), de los pequeños propietarios campesinos, de los desempleados urbanos y, sobre todo, de la temerosa pequeña burguesía empobrecida o amenazada por la crisis y atemorizada por el avance del comunismo y el desorden público.[52]​ Las capas medias y medias bajas fueron la espina dorsal del fascismo.[53]

Agrarismo, natalismo y virilidad

El agrarismo es propio de los movimientos fascistas, tanto en la retórica como en ciertos programas económicos y sociales; la identificación con la tierra y los valores campesinos frente a la decadencia y corrupción que se denuncian en las masas urbanas desarraigadas, lo que a veces se veía como una tensión entre modernidad y tradición (véase la expresión del agrarismo en carlismo en España).[54]​ Una constante es la colonización planificada de zonas improductivas (desecación de pantanos en Italia, Plan Badajoz en España). Incluso en la industrializada Alemania, Hitler planteó la expansión del espacio vital (Lebensraum) hacia el este como un proyecto esencialmente de colonización agraria que lograría la germanización de extensos territorios en la Europa oriental poblada por la raza inferior de los eslavos (recuperando la Drang nach Osten medieval).

Los valores familiares tradicionales eran fomentados, insistiendo en la necesidad de mantener altas tasas de natalidad y fecundidad. Las familias numerosas eran premiadas, siguiendo una política natalista, retóricamente conectada con la virilidad agresiva del expansionismo militar. El papel laboral de la mujer, que había sido imprescindible en la Primera Guerra Mundial, había fomentado un precoz feminismo que estaba consiguiendo en muchos países la principal reivindicación sufragista: el sufragio femenino. La imagen del ejército de parados que no encuentran trabajo mientras que algunas mujeres sí era explotado como un factor de resentimiento social contra las opiniones progresistas. El encuadramiento social impulsado por los regímenes fascistas ponía a cada sexo en lo que se entendía que era su sitio: la mujer dedicada al hogar y a la crianza de la mayor cantidad posible de hijos, y el hombre al trabajo y a la guerra, y no consentía lo que se definía como desviación homosexual (alguna duda en ese sentido, como las presuntas orgías internas de las SA, fueron una de las excusas utilizadas en su descabezamiento —Noche de los cuchillos largos—).[55]​ El lenguaje simbólico fascista es sexualmente explícito: se le ha definido como un anti-eros que combate contra el propio cuerpo y contra todo lo que represente disfrute y placer, en una compulsión física que asocia masculinidad con dureza, destrucción y auto-negación.[56]

La mejora de la raza no sólo implicaba la pureza racial evitando el mestizaje, sino que también debía ser interna a ésta, incluyendo la eugenesia (en el caso de Alemania también la eutanasia) aplicada a los discapacitados intelectuales y otros discapacitados, en un movimiento que no era originario de los países con régimen nazi o fascista, sino del ámbito cultural anglosajón, y que se popularizó en muchos otros (Suecia, Australia o los Estados Unidos).[57]

Raza, etnia e identidad

Gráfico explicando las Leyes de Núremberg del 15 de septiembre de 1935 y la regulación respectiva del 14 de noviembre de ese mismo año, con los criterios de «limpieza de sangre».

El fascismo tuvo una base racial en Alemania, aunque no en Italia (al menos inicialmente, hasta 1938); los nazis construyeron una amalgama ideológica de gran eficacia movilizadora a partir de fuentes mitológicas y literarias y supersticiones de carácter romántico, así como de los textos clásicos dedicados a consagrar la desigualdad de las razas y de publicaciones y panfletos de carácter ocultista; destacando dos elementos: el mito de la raza aria superior de origen nórdico (que mezcla la hipótesis filológica de la existencia de un pueblo indoeuropeo original con la pseudocientífica teoría nórdica, sustentada por algunos autores como Houston Stewart Chamberlain) y el antisemitismo (que se había reavivado desde la divulgación de los Protocolos de los Sabios de Sion, falsificados para la justificación de los pogromos de la Rusia zarista). El antisemitismo estaba presente en muchos países de Europa central y oriental desde la Edad Media, y fue uno de los elementos que se utilizaron en los mismos para el surgimiento endógeno de movimientos fascistas. A ello se sumó la ocupación nazi y los gobiernos colaboracionistas impuestos, que explotaron a conciencia ese sentimiento para su propia conveniencia. El resultado fue que en muchas ocasiones los verdugos de las SS eran superados en crueldad por soldados de países aliados, a los que tenían que contener (por ejemplo en Rumanía), o se producían matanzas espontáneas de judíos a cargo de la población local, como la llamada matanza de Jedwabne en Polonia.[58]

El racismo entendido en su expresión puramente biológica, es decir, la intelectualización de la supremacía racial, no está presente en todos los movimientos fascistas, además de estar presente en otros contextos cuya relación con el fascismo es más controvertida, como el supremacismo blanco en Estados Unidos o el apartheid en Sudáfrica. Lo que sí aparece como una constante del fascismo, y para muchos autores lo caracteriza de racismo,[59]​ es la concepción de la etnia como elemento identitario. Esa identidad étnica puede expresarse de otras formas, como las que atienden al origen geográfico (caso de la xenofobia de los movimientos neofascistas o neonazis que se oponen a la inmigración en muchos países europeos desde finales del siglo XX), la religión (fundamental para el fascismo francés, belga, croata o español, y más adelante en el conflicto de Irlanda del Norte o los casos de limpieza étnica que se han dado en las Guerras yugoslavas) o el idioma.

Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Fascismo es, pues, racista por definición.

En Italia se dio a partir de 1924 un fuerte proceso que se denominó italianización fascista que pretendía homogeneizar toda diferencia idiomática y cultural, acabando con cualquier minoría por asimilación o absorción (en vez de por exterminio como ocurrió en el Holocausto nazi).

En el caso español existió una expresión ideológica hispanista —que no debe confundirse con el hispanismo de los estudiosos extranjeros de la lengua y cultura española—, que en algunas ocasiones se ha definido como panhispanismo, y que no puede definirse como un racismo sensu stricto, aunque sí una hipervaloración de las características étnicas, religiosas, culturales e idiomáticas identificadas con lo español, sobre todo en relación con su expansión por América. Fue mantenida particularmente por las élites sociales de varios países hispanoamericanos, destacadamente en Argentina, y se expresó en el concepto de Hispanidad (vocablo en desuso a principios del siglo XX pero recuperado por el sacerdote vasco emigrado a Argentina Zacarías de VizcarraLa Hispanidad y su verbo, 1926— y divulgado por Ramiro de MaeztuDefensa de la Hispanidad, 1934—). Se llegó a instituir el 12 de octubre como fiesta del Día de la Hispanidad, que ya venía celebrándose con el inequívoco nombre de Día de la Raza desde 1915 (a iniciativa de Faustino Rodríguez-San Pedro) y que se extendió por Hispanoamérica. Las ideas o más bien tópicos de Raza, Hispanidad e Imperio eran indistinguibles en la retórica de la Falange Española que heredó el Franquismo, y el propio Franco escribió el guion de la película Raza (1941), cuyos elementos ideológicos más incómodos (por su evidente identificación con los fascismos derrotados en 1945) se autocensuraron en posteriores montajes. Otro elemento fue aún más étnicamente excluyente: el de antiespaña,[61]​ que definía como antiespañol a todos los elementos que se consideraban nocivos y que degeneraban la raza (rojos, masones y separatistas). Hubo incluso un programa pseudocientífico, a cargo del coronel-psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera, que pretendía identificar y suprimir el gen rojo, con participación de miembros de la Gestapo en el bando sublevado durante la Guerra Civil.[62]​ El nuevo clima intelectual y político posterior a la derrota del Eje hizo abandonar discretamente estas posturas, por otras que insistían en la retórica de la misión evangelizadora y el mestizaje como rasgos de «lo español».

Totalitarismo, estatización y liderazgo

EUR (Q.XXXII o barrio 32 de Roma), diseñado para acoger la Exposición Universal de Roma prevista para 1942 cuyas siglas lleva. No llegó a celebrarse por causa de la guerra, pero el EUR sigue acogiendo numerosos edificios de un estilo que puede identificarse como racionalismo italiano, y restos de iconografía e inscripciones fascistas, entre las que destaca el Palazzo della civiltà del Lavoro, conocido como Colosseo quadrato ('Coliseo cuadrado'), construido entre 1938 y 1942.[63]

El fascismo es un movimiento totalitario en la medida en que aspira a intervenir en la totalidad de los aspectos de la vida del individuo. Hannah Arendt entendía que la masificación de la sociedad contemporánea llevaba al individuo a la soledad, el terreno propio del terror, la esencia del gobierno totalitario.[64]​ El fascismo se legitima afirmando la dependencia del individuo respecto al Estado, liberándole de esa manera de su miedo a la libertad (expresión de Erich Fromm).[65]​ Su individualidad no tiene sentido, porque la realización de una persona sólo se entiende dentro de los vínculos sociales de los que el Estado es la culminación. Cualquier forma de acción individual o colectiva ajena a los fines del Estado es rechazada. No existen derechos individuales ni colectivos.[66]

Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado.

Se lleva a cabo una «estatización» de todos los ámbitos de la vida: económica, social, política, cultural e ideológica. [cita requerida]

El encuadramiento social se efectúa con todos los medios de la propaganda, con adopción de uniformes y lenguaje militar y uso masivo de los símbolos y lemas patrióticos y adoctrinantes. Las grandes concentraciones y movilizaciones colectivas de todo tipo buscan formar la conciencia unitaria, llegando a extremos curiosos (como el día de comer patatas que se instauró en Alemania).[cita requerida]

El fascismo desdeña las instituciones del Estado republicano y sustituye el voto como expresión de la voluntad popular por las expresiones masivas de apoyo al líder. La identificación de pueblo y estado se hace en un todo orgánico, el de un organismo cuasi-biológico y autónomo cuyos miembros han de responder a las órdenes de la mente directora. Esta identificación también está presente en la ideología del Integralismo, iniciada en Portugal y desarrollada en Brasil. El adjetivo orgánico se utilizará profusamente en las últimas etapas del franquismo (definido como una democracia orgánica). Hitler utilizaba el plebiscito como arma en las relaciones internacionales: sus grandes decisiones son apoyadas por plebiscitos de apoyo masivo utilizados como amenaza: el líder fascista se presenta como portavoz de la nación unificada que habla con una sola voz. Esto refuerza otro de sus elementos principales: el «liderazgo carismático». El líder es casi divino y su liderazgo no es racional: Führer, Duce, Poglavnic, Caudillo, etc. Mussolini opuso a los principios de la Revolución francesa de «libertad, igualdad y fraternidad» la consigna: «creer, obedecer y combatir».

Imperialismo, militarismo y violencia

Desfile fascista en Milán (1926)

Otro de los rasgos clásicos del fascismo es el imperialismo, entendido como una política exterior expansiva y agresiva, que proporciona una útil identificación de intereses en el interior, volcando las energías hacia un enemigo común evitando la expresión de los conflictos internos.

Generalmente se apoya en reivindicaciones irredentistas, concretas o genéricas, próximas en el tiempo o lejanas, tomadas de mitos del pasado, lo que refuerza su carácter romántico, más de religión que de ideología. Su relación con la realidad histórica es contradictoria, buscándose la intemporalidad. En el integralismo y el falangismo se sublima el futuro utópico, a crear por el Estado Novo (Estado Nuevo, en Portugal o Brasil) donde el hombre nuevo, portador de valores eternos, tendrá su expresión en la unidad de destino en lo universal.[68]​ En el nazismo y el fascismo italiano se insiste en recuperar el esplendor de un pasado mítico, y también las denominaciones de sus regímenes aluden a eso (el III Reich, la Terza Roma, la Tercera Civilización Helénica). El expansionismo hacia el exterior es considerado como una necesidad vital, casi orgánica: el lebensraum o espacio vital hacia el Este para Alemania, o el Imperio mediterráneo para Italia. Franco diseñó unas Reivindicaciones españolas, que exhibió ante Hitler en su famosa entrevista de Hendaya del año 1941.[69]

Mitin nazi en Berlín (1938)

Las relaciones internacionales, basadas en la renuncia a la guerra, que se querían construir desde la Sociedad de Naciones, eran despreciadas; al igual que el pacifismo, considerado débil y decadente. El fascismo sólo concibe un estado de naturaleza hobbesiano con la imposición y expansión del más fuerte.

La vinculación de las dictaduras y los regímenes militares con el fascismo es un asunto controvertido, pues todo régimen impuesto por la fuerza suele ser acusado de fascismo, fundamentalmente a efectos polémicos, igual que se les califica de tiranías. Aunque no todo gobierno militar es fascista, ni los fascismos alcanzaron siempre el poder de manera violenta, sí que se caracterizaron por sus actividades violentas antes y después de su toma del poder, y por su desprecio explícito por la legalidad institucional. La violencia tiene un valor positivo para el movimiento fascista: es una fuerza de cambio, al igual que la juventud, que también es exaltada. Se utilizaban todo tipo actividades intimidatorias: desde las purgas con aceite de ricino (habituales en los fasci di combattimento antes de la marcha sobre Roma), los destrozos de mobiliario o tiendas (noche de los cristales rotos contra los judíos alemanes) o las palizas; hasta el asesinato de los adversarios políticos o de los objetivos considerados enemigos sociales. Se aplicaba extensivamente la expresión de José Antonio Primo de Rivera la dialéctica de los puños y de las pistolas. Los agentes ejecutores podían ser los aparatos del Estado, pero más frecuentemente fueron grupos juveniles organizados paramilitarmente.

Una vez generalizada, y demostrada la impunidad de quienes la ejercen, la represión política opera como un mecanismo por el cual no solamente el que la recibe directamente pierde la libertad: sino que la sociedad entera —al reprimirse cada uno de sus miembros a sí mismo, temeroso de sufrir el mismo castigo— pierde la libertad para todos.

Relación con el cristianismo

Iglesia católica

Pío XI y el entonces cardenal Pacelli (futuro Pío XII) inauguran Radio Vaticano en 1931.

Es muy controvertido el papel de la Iglesia católica al respecto. La intervención de los católicos en política había dado origen a partidos confesionales católicos como el Zentrum (Partido del Centro o Centro Católico de Heinrich Brüning en Alemania, con especial presencia en Baviera, donde tuvo una escisión, el Bayerische VolksPartei (Partido Popular de Baviera), y el Partito Popolare Italiano (Partido Popular Italiano de Don Sturzo y Alcide De Gasperi); ambos reprimidos por nazis y fascistas respectivamente. En Italia, el Vaticano promovió la sustitución de la militancia en el prohibido Partito Popolare por la de Acción Católica, cuya finalidad política era más discreta. Más adelante, el deseo de Mussolini de prohibir ésta fue frustrado por la encíclica papal Non abbiamo bisogno (No tenemos necesidad).[70]

El mismo papa, Pío XI, que había condenado el agnosticismo de Maurras (1926), e incluso excomulgado a los miembros de Action Française (1927), tuvo no obstante una relación pública con Mussolini que podía verse como ambigua. Los Pactos de Letrán, la calificación de hombre enviado a nosotros por la Providencia o la petición de voto a los fascistas en las elecciones de 1929 pueden considerarse como iniciativas de buena voluntad con el régimen de Mussolini. Sin embargo, también hubo enfrentamientos a causa de la prohibición de Acción Católica y la Juventud Católica, que llevaron a la redacción en 1931 de la encíclica Non abbiamo bisogno donde se condenaba la adoración del estado y la inculcación de ideas de odio, violencia e irreverencia.[70]​ Se ha encontrado también un apunte suyo en un diario secreto describiendo su oposición íntima a nazismo y fascismo.[71]

Pío XII siempre se ha visto como un personaje más tibio, menos expansivo y más contemporizador. Especialmente sus relaciones con Alemania (que conocía bien por haber sido allí nuncio apostólico) se han llegado a calificar de complicidad, especialmente por no condenar de modo claro en un primer momento el régimen nazi. No obstante, la encíclica Mit brennender Sorge[72]​ (Con viva preocupación, de 14 de marzo de 1937), que redactó para Pío XI siendo aún solamente el cardenal Pacelli, y que se leyó en las 11.000 iglesias católicas alemanas, contiene una alusión velada al régimen nazi, denunciando las violaciones del Concordato Imperial. Las posturas ideológicas del nazismo respecto al estado y la raza son equiparados con la idolatría:

Quien (...) identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes. (...)

Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precristiana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal (...).

Si la raza o el pueblo, si el Estado o una forma determinada del mismo, (...) elevándolos a suprema norma de todo, aun de los valores religiosos, y, divinizándolos con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios, está lejos de la verdadera fe y de una concepción de la vida conforme a esta.

La lectura de la encíclica en la pascua de 1937 causó una gran impresión en Alemania, donde el régimen nazi intentó censurarla en la prensa, requisó las copias de las diócesis y cerró las publicaciones diocesanas y cuantos medios publicaron la encíclica.[73]​ Como venganza, la represión contra la Iglesia aumentó, con campañas de desprestigio y detenciones mediáticas de monjes acusados de homosexualidad y corrupción.[73][74]

La identificación de Pío XII y la iglesia católica española (sometida a una violentísima represión que llegó a calificarse de persecución religiosa) con el bando sublevado en la Guerra Civil Española (calificada de Cruzada) y el régimen franquista posterior fue explícito (Carta colectiva de los obispos españoles, Concordato español de 1953), llegándose a acuñar el término nacionalcatolicismo para definir uno de sus rasgos ideológicos y una de las principales familias que le sustentaban. También se levantó la excomunión a Action Française (1939). Entre tanto, importantes intelectuales franceses católicos anteriormente cercanos a ese movimiento, como Georges Bernanos y Jacques Maritain, se habían distanciado de él y pasaron a oponerse al fascismo.

La postura del Vaticano en la Segunda Guerra Mundial comenzó por una débil condena de la invasión de Polonia (país fuertemente católico) que los aliados consideraron demasiado cautelosa. El mantenimiento de una postura neutral y los intentos de mediación fueron interpretados como un apoyo oculto a Alemania, al marginar en ellos a Estados Unidos y la Unión Soviética.[75]​ De hecho, desde el Vaticano se atribuye a la propaganda soviética el mantenimiento de esta acusación.[76]​ También ha causado algunos problemas con las relaciones entre el Vaticano y el estado de Israel.[77]

Tras la derrota de las potencias del Eje en la Segunda Guerra Mundial, muchos criminales de guerra huyeron a Suiza y a Argentina con la ayuda de religiosos católicos (algunos con pasaportes del Vaticano y disfrazados de sacerdotes).[78]​ Como también la iglesia católica ayudó a judíos, y personas de todas las nacionalidades recibieron salvoconductos, se especula con que el Vaticano tuviese algún conocimiento respecto a la situación de las minorías religiosas y étnicas dentro de Alemania e Italia antes del final de la guerra, a diferencia de otros gobiernos aliados. Tal situación se ha considerado en algunos casos como ejemplo de una actitud de la Iglesia comprometida con los perseguidos; en otros casos se ha criticado que, teniendo noticia de las atrocidades que se cometían, no condenase expresamente los regímenes nazi y fascista durante la guerra. También se ha investigado la relación de monasterios y otras instituciones católicas con el trabajo esclavo al que se sometió a distintos colectivos.[79]

En 1998 el papa Juan Pablo II realizó una autocrítica de la postura del Vaticano ante el Holocausto, pidiendo perdón; aunque defendió a Pío XII, cuyo proceso de beatificación inició al mismo tiempo.[80][81]

Iglesias protestantes

La actitud de los cristianos bajo el nacionalsocialismo, tanto los católicos como los protestantes, fue particularmente delicada. Entre los pastores luteranos hubo muchas adhesiones —3000 de entre 17 000— a los pronazis Deutsche Christen (Cristianos Alemanes, 1932) y la Deutsche Evangelische Kirche (Iglesia Evangélica Alemana, 1933) dirigida por el obispo Ludwig Müller; y otros muchos practicaron un distanciamiento prudente. Se intentaba conseguir una positives Christentum (cristiandad positiva) que purgase el Cristianismo de influencias judías. Se promulgó la aplicación a los clérigos y sus esposas de la legislación de pureza racial aria.

Otros mantuvieron una postura crítica (Dietrich Bonhoeffer fue encarcelado por su oposición y más tarde ejecutado por considerarle relacionado con el atentado contra Hitler de 1944), especialmente el movimiento conocido como la bekennende Kirche (Iglesia comprometida), que en 1934 organizó un sínodo con las principales iglesias protestantes del que salió la Declaración de Barmen, documento donde rechazaba la subordinación de las iglesias al estado y su doctrina.[82]​ Es famosa la respuesta de uno de sus miembros, Martin Niemöller, a la pregunta de cómo pudieron consentir la ascensión del nazismo:

Primero vinieron por los comunistas, pero como yo no era comunista no levanté la voz. Luego vinieron por los socialistas y los sindicalistas, pero como yo no era ninguna de las dos cosas, tampoco alcé la voz. Después vinieron por los judíos, y como yo no soy judío, tampoco levanté la voz. Y cuando vinieron por mí, ya no quedaba nadie que alzara la voz para defenderme.[83]

El fascismo italiano

El fasces romano era el emblema del Partito Nazionale Fascista. En este emblema, sobre la bandera y con las siglas.

A finales del siglo XIX existían en Italia algunas organizaciones denominadas fascio (traducible por haz, significando la fuerza de la unión), de la que la más importante era el Fasci Siciliani (fascio siciliano, 1895-1896).[84]​ No eran muestra de una ideología uniforme, aunque predominaban los componentes nacionalistas y revolucionarios. Surgiendo del movimiento obrero, dividido al comienzo de la Primera Guerra Mundial entre el internacionalismo pacifista y el nacionalismo irredentista, se crearon el 1 de octubre de 1914 los Fasci d'Azione rivoluzionaria internazionalista en reivindicación de la entrada de Italia en el conflicto en contra de los Imperios Centrales. Fusionado con el Fasci autonomi d'azione rivoluzionaria se redenominó como Fasci d'azione rivoluzionaria, ya dirigido por Benito Mussolini, y conocido como Fascio de Milán. El 24 de enero de 1915 se formó una organización nacional.

Cartel de los escuadristas fascistas en la localidad Istriana de Vodnjan (Dignano en italiano), ordenando emplear exclusivamente la lengua italiana en público, la prohibición de la lengua eslava tanto hablada como cantada, bajo la amenaza de los escuadristas de hacer respetar esta orden de prohibición "con métodos persuasivos".

En 1919, terminada la guerra, las expectativas territoriales quedaron frustradas por el Tratado de Saint-Germain-en-Laye (el equivalente para Austria del Tratado de Versalles). El poeta Gabrielle D'Annunzio llevó a cabo una aventura militar que acabó en la creación del Estado libre de Fiume y la redacción de una constitución que puede entenderse como precedente inmediato del fascismo. Entre tanto, con un país empobrecido y un gobierno débil, Mussolini refundaba la organización de Milán con el nombre de Fasci italiani di combattimento (Fascios italianos de combate), que empezaron a destacar por su lucha callejera contra huelguistas, izquierdistas y otros enemigos políticos y sociales. El temor ante una revolución similar a la rusa de las clases medias y la alta burguesía italiana vio en los fascistas de Mussolini la mejor arma para desarticular los movimientos obreros organizados. Sus partidarios se fueron encuadrando de manera paramilitar como Camisas Negras. Entre sus dirigentes fundadores había intelectuales nacionalistas, ex-oficiales del ejército, miembros del cuerpo especial Arditi y jóvenes terratenientes que se oponían a los sindicatos de obreros y campesinos del entorno rural. El 7 de abril de 1921 se convertirían en partido político con el nombre de Partito Nazionale Fascista (Partido Nacional Fascista, PNF), caracterizado por su oposición a liberalismo y comunismo. En 1922, en la Marcha sobre Roma, Mussolini obligó al rey de Italia, Víctor Manuel III, a entregarle el poder, que detentó con el título de Duce (caudillo, que ya había usado D'Annunzio). Mussolini nombró como ministro de Finanzas a Alberto de Stefani (1922-1925), quien tenía una formación y reputación de economista ortodoxo. El ministro gozó del apoyo del Mussolini para implementar una política de laissez-faire. Se tomaron medidas como la reducción de los impuestos, incluidos los que recaían sobre las herencias, además de recortar el gasto fiscal, y se hace una apertura del comercio exterior, reduciendo los aranceles. Se llegó incluso a incinerar 320 millones de liras en el Ministerio de Finanzas, un gesto simbólico con la finalidad de demostrar la inquebrantable resolución del régimen de controlar la inflación, y se efectuaron privatizaciones, por ejemplo, en los servicios telefónicos, empresas aseguradoras y la imprenta del Estado. Se llevaron a cabo políticas clásicas de estabilización monetaria y el reingreso de la lira al patrón oro. Para Mussolini, la moneda era el símbolo de la fortaleza de la Nación, en 1925 con el apoyo del capital financiero internacional, Estados Unidos otorgó un préstamo de 50 millones de dólares, y se llevaron a cabo otras políticas, como la modificación de la emisión de moneda –que pasó a ser monopolio del Banco Central de Italia–, y la consolidación de la deuda a corto plazo se cambió por un perfil de mediano y largo plazo.[85]

El asesinato el 11 de junio de 1924 de Giacomo Matteotti, diputado socialista y principal voz crítica en el Parlamento tras las elecciones del 6 de abril (ganadas con pocos escrúpulos por los fascistas, tras una previa alteración de la ley electoral —Ley Acerbo—), inauguró un periodo de gobierno totalmente ajeno a las instituciones parlamentarias, que no obstante continuaron funcionando formalmente, así como la figura del rey (que según sus propias palabras, quedó conforme con permanecer sordo y ciego). La responsabilidad fue cínicamente asumida por el propio Mussolini con una figura retórica que fue muy imitada posteriormente:

Mussolini se presenta como ottimo soldato ('óptimo soldado'), en un póster de propaganda destinado a los balillas, organización de encuadramiento de la infancia.
Se il fascismo è stato un'associazione a delinquere, io sono il capo di questa associazione a delinquere! (¡Si el fascismo ha sido una asociación para delinquir, yo soy el jefe de esa asociación para delinquir!)[86]

En el bienio de 1925-1926 se publicaron una serie de normas, conocidas como facistisimas fueron disueltos todos los partidos políticos y los sindicatos, se eliminó toda libertad de prensa, de reunión y de expresión, se restableció la pena de muerte para una serie de delitos de carácter puramente político y se creó un "Tribunal Especial" y comisiones investigadoras con amplios poderes, capaz de mandar al exilio interno a las personas desagradables al régimen con una simple medida administrativa.

En 1928 se prohibieron todos los partidos, excepto el PNF. La estructuración doctrinal, que no había sido considerada necesaria, también fue tardía. En 1927 se promulgó la Carta del Lavoro (adaptada en España como Fuero del Trabajo). En 1932 se publicó en la Enciclopedia Italiana el artículo Fascismo, atribuido al propio Mussolini aunque en realidad escrito por Giovanni Gentile. Editado separadamente como La Doctrina del Fascismo (La Dottrina del Fascismo), fue traducido a varios idiomas. En abril de 1940 (ya durante la Segunda Guerra Mundial) se pretendió destruir todos los ejemplares, como consecuencia del cambio de postura del Duce sobre algunos puntos del texto.

La política económica tampoco tuvo una orientación clara, entre un inicial respeto por el libre mercado y un claro dirigismo posterior. La política monetaria a veces sólo obedecía al prestigio de mantener una lira fuerte. No obstante, siempre gozó del apoyo de la poderosa patronal Confindustria, con cuyo acuerdo, sobre todo a partir del Pacto Vidoni (2 de octubre de 1925), se establecieron los elementos principales del régimen corporativo, muy restrictivo para las actividades sindicales (ilegalización de los sindicatos libres, del derecho de huelga, encuadramiento obligatorio de los trabajadores en el movimiento fascista -1926-). La misma Confindustria llegó a estar dirigida por el destacado fascista Giuseppe Volpi en los últimos años del régimen (de 1934 a 1943).[87]

Las dificultades económicas debidas a la Gran Depresión empujaron al régimen de Mussolini a la expansión exterior, con la invasión de Etiopía (1935) y la intervención en la Guerra Civil Española, con ambiciones de resucitar un imperio Mediterráneo que tendría su continuación en la invasión de Albania (1939), ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. El seguidismo frente a la Alemania nazi no podía ocultarse, e incluso se mimetizaron rasgos como el racismo (Manifesto della razza, Manifiesto de la raza, 14 de julio de 1938). La invasión de Sicilia y el sur de Italia por los aliados provocaron la destitución del Duce por el Gran Consejo Fascista (General Badoglio), aunque la intervención alemana le rescató por algunos meses en que se constituyó una efímera República de Saló en el norte. Su actividad legislativa, limitada a los últimos meses de la guerra, tuvo un planteamiento socioeconómico teórico que se ha denominado socialización fascista (Manifiesto o Carta de Verona de 14 de noviembre de 1943).[88]

Difusión del modelo en otros países

Europa en 1941-1942, con la mayor expansión de los regímenes fascistas. En azul, aparecen las potencias del Eje -Alemania e Italia- y los estados satélites, ocupados o aliados. Los únicos de éstos que no tuvieron regímenes semejantes al fascismo fueron Finlandia y Dinamarca. En blanco aparecen los países neutrales, que en la Península Ibérica eran regímenes fascistas.
Esta era de las catástrofes conoció un claro retroceso del liberalismo político, que se aceleró notablemente cuando Adolf Hitler asumió el cargo de canciller de Alemania en 1933. Considerando el mundo en su conjunto, en 1920 había treinta y cinco o más gobiernos constitucionales y elegidos (según como se califique a algunas repúblicas latinoamericanas), en 1938, diecisiete, y en 1944, aproximadamente una docena. La tendencia mundial era clara.

...

no todas las fuerzas que derrocaron regímenes liberales eran fascistas... el fascismo, primero en su forma italiana original y luego en la versión alemana del nacionalsocialismo, inspiró a otras fuerzas antiliberales, las apoyó y dio a la derecha internacional una confianza histórica. En los años treinta parecía la fuerza del futuro.
Eric J. Hobsbawm La caída del liberalismo[89]

La ideología y los regímenes fascistas tuvieron eco en casi todos los países europeos y latinoamericanos.

De una manera mucho más evidente surgieron a semejanza del Fascio italiano organizaciones caracterizadas por lo que puede denominarse liturgia o parafernalia fascista: los despliegues de masas, organizados y disciplinados, el saludo romano brazo en alto, los símbolos y lemas, la presencia callejera agresiva, la utilización de correajes paramilitares y uniformes, en particular las camisas de un determinado color: negras (Italia, SS en Alemania, Inglaterra, Finlandia) pardas (SA en Alemania), azules (España, Francia, Irlanda, Canadá, China), verdes (Rumanía, Hungría, Brasil) doradas (México) o plateadas (Estados Unidos).

No se produjo una homogeneidad total entre los distintos movimientos y regímenes fascistas, que de hecho insistían en enfatizar las peculiaridades nacionales, su originalidad y su raíz endógena. Por otro lado, ocurrió en algunas ocasiones que rivalizaron violentamente partidos de filiación nazi y fascista dentro del mismo país (caso de Austria). En cuanto a las relaciones internacionales, las vicisitudes del equilibrio europeo llevaron a un entendimiento estratégico entre Hitler y Mussolini, pero bien podía haber sucedido de otra manera, y de hecho así lo intentó explícitamente la diplomacia británica. En otros casos, se mantuvo una neutralidad benévola que no ocultaba las simpatías (España hacia el Eje, Portugal hacia Inglaterra), o el enfrentamiento abierto contra otro régimen fascista (caso de Grecia).[90]

El que los movimientos fascistas alcanzaran el poder de manera endógena (es decir, sin imposición exterior) en unas naciones y en otras no, ha intentado ser explicado viendo las similitudes y diferencias entre ellas. Los diferentes grados de desarrollo económico y de consolidación del régimen dentro del sistema político son un buen indicador para ello: las democracias estables y económicamente más desarrolladas, con una identidad nacional consolidada, no tuvieron movimientos fascistas con posibilidades de éxito. En cambio, Alemania e Italia presentaban debilidades en esos aspectos: sus unificaciones nacionales eran muy recientes (1870), sus economías se habían industrializado tardíamente (respecto a la Europa Noroccidental). Italia seguía siendo un país relativamente atrasado. Alemania, aunque había presentado un desarrollo económico y social notablemente acelerado (para 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, se podía concebir que llegaría a superar a Inglaterra como potencia industrial, posibilidad que fue sin duda uno de los factores que explican la propia guerra), se vio sometida a unas condiciones especialmente duras por el Tratado de Versalles (Clemenceau, a pesar de las advertencias de economistas como Keynes insistió en que Alemania pagará), lo que produjo graves desórdenes económicos en todo el periodo de entreguerras, además de un profundo resentimiento. Aun así, el triunfo del nazismo hubo de esperar al peor momento de la Gran Depresión posterior al Jueves Negro de 1929.[91]

La Europa meridional y oriental, con un desarrollo industrial menor, unas instituciones democráticas débiles y en muchos casos una existencia nacional reciente, fue mucho más proclive al desarrollo del fascismo, con características locales muy marcadas en cada caso, algunos triunfantes y otros no.

En cambio, durante la Segunda Guerra Mundial se impusieron en buena parte de Europa gobiernos denominados colaboracionistas que desarrollaron regímenes fascistas con mayor o menor grado de similitud al alemán o italiano.

Existieron algunos intentos (hacia 1942) de las potencias del Eje por organizar cuerpos militares con prisioneros provenientes de los países colonizados por los aliados, sobre todo de los países árabes, del subcontinente indio (Legion Freies Indien o Legión Tigre, creada por el independentista Subhas Chandra Bose) y del Asia Central soviética. Incluso hubo una división formada por musulmanes bosnios (1943). Los resultados de estas operaciones no fueron muy eficaces, sobre todo en el campo ideológico, aunque sí fueron explotadas propagandísticamente. En cuanto al acercamiento de algunas personalidades musulmanas, como el gran mufti de Jerusalén Amin al-Husayni o el primer ministro de Irak Rashid Ali al-Kaylani (que terminó con su huida y el pogrom antijudío de Bagdad —Farhud, junio de 1941—), se trataba de coincidencias estratégicas más que ideológicas; lo que también se suele aplicar a la mucho más importante alianza que suponía el Imperio japonés, con el que, no obstante, nazismo y fascismo tenían similitudes políticas mayores.

Dictaduras calificadas de fascistas

Discusión sobre la calificación como fascista

A partir de la década de 1920 en América Latina se instalaron dictaduras militares o cívico-militares, calificadas como "fascistas", aunque de manera no uniforme, por un sector importante de los científicos sociales.[92][93]​ Esa calificación ha sido cuestionada por otro sector, considerando que se trata de "un uso abusivo e impropio del término fascismo".[94]​ Ver. Fascista (adjetivo)

La discusión tuvo un punto de inflexión con las dictaduras impuestas a partir de 1964, bajo el impulso abierto de Estados Unidos, en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional, aplicada en la Guerra Fría. Esas dictaduras adoptaron un perfil brutal, de violación abierta de los derechos humanos y terrorismo de Estado, que llevaron a que un sector de investigadores, que no calificaban como "fascistas" a las dictaduras latinoamericanas, comenzaran a hacerlo. Entre ellos se encuentran Leopoldo Zea y Theotonio Dos Santos sosteniendo que se trataba de un "fascismo dependiente",[95][96]Agustín Cueva, sosteniendo que se trataba de un "proceso de fascistización de América Latina",[97]René Zavaleta Mercado, sosteniendo que las dictaduras militares latinoamericanas habían adoptado "proyectos de identidad fascista",[98]​ y Carlos López de la Torre analizando "el 'núcleo duro' de los fascismos periféricos en América Latina".[99]

Otros investigadores como Guillermo O'Donnell, Helgio Trindade y Atilio Borón rechazaron esa calificación, y consideraron que la categoría "fascismo" se había agotado en 1945 y que las dictaduras latinoamericanas surgidas a partir de 1964 no eran fascistas, sino una forma diferente de Estado capitalista de emergencia.[100]

Características generales

A partir de la década de 1920 en América Latina se instalaron dictaduras militares o cívico-militares, consideradas fascistas por un sector importante de los científicos sociales.[92][93]​ Las dictaduras latinoamericanas fueron apoyadas en general por Estados Unidos e Inglaterra y a partir de la década de 1950 fueron promovidas activamente por Estados Unidos, como parte de su Doctrina de la Seguridad Nacional, durante la Guerra Fría, desde la Escuela de las Américas con sede en el territorio ocupado por Estados Unidos en Panamá.[101][102]

Los autores que consideran que las dictaduras latinoamericanas constituyeron una manifestación del "fascismo", sostienen también que tuvo características propias, diferentes en algunos aspectos del fascismo europeo. Al igual que el fascismo europeo fue militarista, antidemocrático, anticomunista, racista, patriarcal, homofóbico y caracterizado por la violación sistemática de los derechos humanos, el terrorismo de Estado y el genocidio. Pero a diferencia del fascismo europeo fue liberal en lo económico, procapitalista, antiperonista en Argentina (aunque también hubo grupos fascistas peronistas), partidario de la apertura económica y estuvo alineado incondicionalmente con Inglaterra y Estados Unidos. El economista Friedrich Hayek, que influenció fuertemente la dictadura de Pinochet (1973-1990) en Chile, declaró en Chile en 1981, que prefería una "dictadura liberal" a una democracia sin liberalismo.[103]

Las dictaduras calificadas como "fascistas" en América Latina, desaparecieron luego del fin de la Guerra Fría, cuando la mayoría de los países latinoamericanos pudieron consolidar democracias de tipo liberal. Ello no significó que también desapareciera las ideologías que las sustentaron, o que quedaran reducidas a una expresión marginal, como sucedió en Europa luego de la Segunda Guerra Mundial. Muchos líderes políticos (algunos de ellos condenados como genocidas) y partidos participantes de la vida política democrática latinoamericana, han formado parte de las dictaduras o las defienden, como Pinochet en Chile, Antonio Bussi en Argentina, o Jair Bolsonaro en Brasil.

Las dictaduras militares latinoamericanas que van desde la dictadura de Trujillo en la República Dominicana al Genocidio guatemalteco, pasando por el llamado Proceso de Reorganización Nacional de Argentina, la Dictadura cívico-militar en Uruguay, la dictadura de Pinochet en Chile o la dictadura militar de Hugo Banzer en Bolivia. Los regímenes más prolongados en el tiempo fueron el somocismo de Nicaragua (1937–1979) y la dictadura de Stroessner en Paraguay (1954-1989).[104]

Período entre guerras

Las primeras dictaduras calificadas de fascistas de América Latina son las que impusieron en República Dominicana Rafael Trujillo dando origen a trujillismo (1930-1961),[105]​ en El Salvador Maximiliano Hernández Martínez dando origen al "martinato" (1931-1944),[106]​ y en Nicaragua el general Anastasio Somoza, dando origen a lo que se conoce como somocismo (1937-1979).[107]​ Las tres impusieron tipos de Estado sin posibilidades de oposición política, que se extendieron durante varias décadas, contando con apoyo de Estados Unidos y las élites económicas, caracterizándose por una ideología de marcado acento anticomunista, profundamente liberal en economía y represora de los movimientos sindicales, estudiantiles, indígenas y de políticos con programas de justicia social.

De esa primera época data también la primera dictadura en Argentina, explícitamente inspirada en el fascismo italiano, lideraba por el general José Félix Uriburu (1930-1932), que tuvo como fin impedir que gobernara el país el radicalismo yrigoyenista, de amplia base popular, objetivo que cumplió aunque no logró consolidarse en el poder.

Los cuatro dictadores de este período eran abiertamente simpatizantes del fascismo europeo.

Durante la Guerra Fría
Instalaciones en las que funcionó la Escuela de las Américas en Panamá, desde donde se impulsaron las dictaduras fascistas en América Latina.

Una segunda fase de las dictaduras latinoamericanas se abre con la Guerra Fría, cuando Estados Unidos promovió golpes de Estado y la instalación de dictaduras, con el fin de garantizar el alineamiento pleno de los países latinoamericanos al bando capitalista liderado por ese país norteamericano, bajo la Doctrina de la Seguridad Nacional. En 1946 se instaló la Escuela de las Américas de las fuerzas armadas estadounidenses, en territorio ocupado de Panamá, con el fin de formar y adiestrar a los militares latinoamericanos para implementar en sus respectivos países la Doctrina de la Seguridad Nacional, incluyendo los golpes de Estado e instalación de dictaduras, así como métodos represivos fundados en el terrorismo de Estado.

En este período continuaron hasta 1961 y 1979 respectivamente, las dictaduras fascistas de Trujillo en República Dominicana y Somoza en Nicaragua, que se habían iniciado en la etapa anterior, bajo una ideología explícitamente fascista. Dos nuevas dictaduras se instalaron en 1954 en Paraguay, bajo el mando de Alfredo Stroessner (1954-1989) y Guatemala bajo Mario Sandoval Alarcón, que dio origen al Movimiento de Liberación Nacional (Guatemala) (1954-1982).

El golpe de Estado que implantó en 1964 la dictadura militar en Brasil, desencadenó una serie de dictaduras en el Cono Sur caracterizadas por el terrorismo de Estado: Revolución Argentina (1966-1972), Pinochet en Chile (1973-1990), la Dictadura cívico-militar en Uruguay (1973-1985) y el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) en Argentina. Con similares características en Guatemala se instaló la dictadura de Efraín Ríos Montt (1982-1983).

En la sección "Discusión sobre la calificación como fascista" se detalla el debate sobre la calificación de "fascista" a las dictaduras posteriores a 1964.

Pervivencia del concepto hasta la actualidad

Neofascismo

Manifestación neofascista en Predappio, donde se halla la tumba de Mussolini.

El neofascismo es una ideología posterior a la Segunda Guerra Mundial que incluye elementos significativos del fascismo tradicional italiano. Es un movimiento político y cultural que surge en Europa en los años 1980 con algunas ideas del anterior fascismo y que se organiza en partidos políticos, grupos de música y bandas urbanas; en la actualidad está ascendiendo cada vez más en Europa.

El fascismo en sus expresiones más tradicionales resurgió en las décadas de los 80 y 90 del siglo XX bajo los nombres de neofascismo y movimiento neonazi, que en sus formas más marginales reproduce la estética retro y actitudes similares (violencia juvenil callejera). Como movimiento político de presencia institucional, en Italia apareció después de la Segunda Guerra Mundial bajo la forma del partido político Movimento Sociale Italiano (Movimiento Social Italiano, misinos), que con el tiempo buscaría una presencia más asumible por el régimen político democrático bajo el nombre de Alleanza Nazionale (Alianza Nacional) y se redefinió como postfascista, llegando al gobierno italiano (Gianfranco Fini, bajo la presidencia de Silvio Berlusconi, 1994).[108]

Desde finales del siglo XX han aumentado las posibilidades electorales de los partidos que basan su propuesta política en distintas ofertas de dureza contra la inmigración y mantenimiento de la personalidad nacional. Además de en Italia, en varias democracias europeas la presencia de partidos de extrema derecha, o personalidades con un pasado nazi o fascista han llegado a ocasionar incluso problemas internacionales: fue el caso del escándalo por la llegada de Kurt Waldheim a la presidencia de Austria (1996) o la entrada en el gobierno del mismo país del Freiheitliche Partei Österreichs (Partido Liberal de Austria, FPÖ) de Jörg Haider en 1999. En los Países Bajos ocurrió un caso similar con la Lijst Pim Fortuyn (Lista Pim Fortuyn, LPF) en 2002. En Francia, la inesperada posibilidad de que Jean-Marie Le Pen (Front National, Frente Nacional) pudiera llegar a la presidencia de la República, llevó a una agrupación del voto de todo el espectro político de izquierda a derecha en su contra en las elecciones de 2002.[109]

Características

El término neofascismo suele aplicarse a grupos de tercera posición, y que expresan una admiración específica por Benito Mussolini y otros líderes fascistas.[110]

No solamente es una tendencia ideológica, se considera un método de hacer política que incluye la exaltación del líder, un férreo control del partido, propaganda y populismo. "El populismo nace del fascismo como resultado de la derrota de éste último y en la necesidad de convertirse en una opción válida dentro de los cánones que se imponían en el nuevo mundo y que tenían que estar dentro de un ámbito democrático".[111]

El neofascismo usualmente incluye el nacionalismo, las políticas antiinmigración, el populismo, el conservadurismo religioso y social, el anticlericalismo, la xenofobia y el antisemitismo, o donde es relevante, el indigenismo, el nativismo, el supremacismo, el anticomunismo y en general la oposición al sistema parlamentario y a la democracia liberal.

El neofascismo se basa en un Estado todopoderoso que dice encarnar el espíritu del pueblo. La población no debe, por lo tanto, buscar nada fuera del Estado, que está en manos de un partido único. El Estado fascista ejerce su autoridad a través de el orden, seguimiento, militarización de los estamentos sociales y la propaganda (incluyendo la manipulación del sistema educativo).

Algunos regímenes posteriores a la Segunda Guerra Mundial han sido descritos como neofascistas debido a su naturaleza autoritaria y a su fascinación con la ideología y rituales fascistas.

Las organizaciones neofascistas más importantes se han desarrollado en Grecia, Italia, España y Francia.[cita requerida]

Neofascismo en Italia

Muchos seguidores del fascismo Mussoliniano crearon pequeños partidos y organizaciones neofascistas en Italia, después de la Segunda Guerra Mundial. El más importante fue el Movimento Sociale Italiano (MSI).

El MSI fue una organización neofascista legalista y parlamentaria italiana fundada en 1946 por Arturo Michelini, Pino Romualdi, Giorgio Almirante, Giorgio Bacchi, Giovanni Tonelli y Renzo Lodoli.[112]​ Sus ideales fundamentales fueron el sindicalismo, corporativo y vertical, el intervencionismo estatal en economía y educación, y la defensa de la cultura católica tradicional en la sociedad italiana.

Por otro lado, organizaciones como Ordine Nuovo o Nuclei Armati Rivoluzionari, entre otros, llevaron a cabo sangrientos atentados terroristas durante los años de plomo, entre ellos el atentado de Piazza Fontana y la matanza de Bolonia (el peor ataque terrorista en la historia de Italia). Muchos de estos crímenes fueron coordinados en conjunto con la CIA, como parte de la estrategia de la tensión promovida por Estados Unidos para combatir el izquierdismo en Europa (Operación Gladio).

Otros pequeños partidos neofascistas italianos son Fiamma Tricolore, Forza Nuova y el Fronte Sociale Nazionale. Hubo también un desarrollo cultural de la ideología fascista en las organizaciones neofascistas italianas.[113]

Fascismo de izquierda

El concepto, tal como fue utilizado originariamente por Jürgen Habermas, designaba a los movimientos terroristas de extrema izquierda de los años sesenta.[114]​ En la actualidad su uso se ha extendido para calificar peyorativamente a cualquier ideología izquierdista (especialmente en Estados Unidos) y a los críticos del Estado de Israel (en los medios de difusión afines a ese país), de un modo similar al adjetivo «antisemita».[115]

Fundamentalismos religiosos

Estado Islámico de Irak y el Levante —grupo yihadista— considerado fascista por los medios occidentales.[116]

El surgimiento en la escena internacional del fundamentalismo islámico a partir de la revolución iraní (1979) y su extensión a otras repúblicas islámicas, así como al terrorismo internacional, ha puesto de manifiesto la posibilidad de un totalitarismo de corte religioso, que emplea técnicas violentas de algún modo comparables al fascismo; para calificarlo peyorativamente se ha venido utilizando el adjetivo «islamofascismo», aunque tales movimientos ideológicos son bastante alejados entre sí. También es habitual señalar las similitudes con el fascismo de movimientos denominados fundamentalismo cristiano, que en algún caso se han llegado a denominar cristofascismo.[117][118]

Uso extendido del adjetivo «fascista»

El adjetivo «fascista» se aplica con fines peyorativos de manera muy extendida en el lenguaje coloquial, y muy frecuentemente también en todo tipo de literatura, sobre todo a efectos polémicos o descriptivos, más allá de su adecuación o no a una estricta correspondencia con la ideología o los regímenes políticos fascistas. Se asocia con las posturas políticas de extrema derecha y las ideas y actitudes racistas, intolerantes o autoritarias; y al desprecio por el diferente, el marginado, el que no piensa del mismo modo o las minorías.[119]

Véase también

Referencias

  1. Borón, Atilio (2003). «El fascismo como categoría histórica: en torno al problema de las dictaduras en América Latina». Estado, capitalismo y democracia en América Latina. Buenos Aires: CLACSO. ISBN 950-9231-88-6. 
  2. El fascismo. Pg 4. Por Stanley G. Payne. 1980. Alianza Editorial, edición de 2009. (Consultar la versión en línea del libro en español):
    Es probable que el término fascismo sea el más vago de los términos políticos contemporáneos. Quizá se deba a que la palabra en sí no contiene ninguna referencia política implícita, por vaga que sea, como las que contienen los términos democracia, liberalismo, socialismo y comunismo. El decir, que el fascio italiano (Lat. Fasces, Fr. Fascieau, Esp. Haz) significó eso, un “haz” o una “unión”, no nos dice mucho. Parece que algunas de las definiciones coloquiales más comunes del término son las de “violento”, “brutal”, y “dictatorial”; pero si fueron esos los puntos primarios de referencia, probablemente habría que calificar a los regímenes comunistas de los más fascistas. La cuestión de la definición creó problemas a los fundadores del fascismo italiano desde un principio, pues no elaboraron un conjunto codificado oficial de doctrinas sino ex post facto, unos años después de la llegada de Mussolini al poder, e incluso entonces sólo en parte. El problema se ve complicado por el hecho de que mientras casi todos los partidos y regímenes comunistas prefieren llamarse comunistas, la mayor parte de los movimientos políticos de la Europa de entreguerras a los que se suele calificar de fascista no utilizaban, de hecho, ese nombre al hablar de sí mismos. Los problemas de definición y clasificación que surgen son tan graves que no es sorprendente que algunos estudiosos prefieran dar a los movimientos fascistas putativos sus nombres individuales específicos, sin aplicarles el adjetivo clasificador. Otros llegan incluso a negar que exista el fenómeno general del fascismo europeo, como cosa distinta del fascismo italiano de Mussolini.
  3. Para consultar una cronología sobre los «estudios sobre el fascismo» ver El concepto de fascismo. Reseña de Stanley G. Payne de las obras sobre el fascismo de Paul Gottfried y David D Roberts. Publicado en Revista de Libros en 2017. Fragmento:
    El fascismo fue difícil de comprender desde sus orígenes en 1919. Ello no se debió a su radicalismo y su violencia, ya que por aquel entonces Europa estaba plagada de nuevos fenómenos políticos radicales y violentos, encabezados por el incipiente régimen soviético. El fascismo, sin embargo, se asemejaba al comunismo en su violencia y su autoritarismo, pero resultaba, por el contrario, único en su compleja combinación de características, que no eran claramente ni de izquierdas ni de derechas. Fue el único tipo de movimiento político genuinamente nuevo que surgió de los escombros de la Primera Guerra Mundial y no contaba con ningún predecesor claro. Confundió a los observadores, pero adquirió muy pronto una prominencia histórica mundial y desencadenó el conflicto individual más destructivo que había conocido la historia. Aun después de que concluyera del todo, el fascismo siguió resultando difícil de aprehender como fenómeno y como concepto. A partir de 1945, y durante dos décadas, el estudio del fascismo se limitó a historias nacionales y trabajos monográficos sobre movimientos concretos. El verdadero «debate sobre el fascismo» no empezó a producirse hasta después de haber transcurrido casi una generación, iniciado por Der Faschismus in seiner Epoche (El fascismo en su época. Action française, fascismo, nacionalsocialismo, trad. de María Rosa Borrás, Barcelona, Península, 1967), de Ernst Nolte, el primer estudio comparado, y el breve Varieties of Fascism, de Eugen Weber, aparecidos ambos originalmente en 1964. Los dos se mostraron de acuerdo en que existía algo parecido a un «fascismo genérico» (del que Nolte proporcionó una breve definición filosófica), pero también que se trataba de un fenómeno político extremadamente pluriforme, con manifestaciones muy diferentes en diversos países. Nolte, concretamente, concluía que había definido toda una era, la «era del fascismo», que concluyó en 1945, que había dependido de fuerzas históricas peculiares de ese período y que no era probable que el fascismo histórico reapareciese en el futuro. Más que constituir una forma o concepto recurrente, como el socialismo, por ejemplo, era característico exclusivamente de una época política determinada.
  4. Eco, Umberto (16 de enero de 2019). «Los 14 síntomas del fascismo eterno». Contexto CTXT. Consultado el 20 de enero de 2019. 
  5. Mellón, Revista de estudios políticos, Joan Antón (2009), Concepciones nucleares, axiomas e ideas-fuerza del fascismo clásico (1919-1945) .
  6. «Según Ignacio Ramonet, ya en los años treinta se hablaba del surgimiento de una «tercera vía», el fascismo, alternativa a los dos mundos nuevos que surgieron tras la Primera Guerra Mundial», citado en Enrique Fernández M., Guidens, Blair y Lagos, la tercera vía.
  7. Savarino, Franco (2011). «Algunas consideraciones sobre la revolución fascista». p. 43. 
  8. Mellón Joan Antón (2011). «Las concepciones nucleares, axiomas e ideas-fuerza del Fascismo clásico (1919-1945)». pp. 71 y 72. 
  9. Sobre la teoría fascista, y posteriormente leninista, y tercermundista, de las «naciones desposeídas» y «proletarias»:
    Aproximadamente hacia 1910 la mayor parte de los sindicalistas revolucionarios había renunciado al marxismo, y ya en 1907 algunos de ellos habían empezado a explotar el concepto de la “nación proletaria”, elaborado inicialmente por Enrico Corradini y algunos de los nacionalistas más derechistas. Según esta idea, las verdaderas “diferencias de clase” no se daban entre sectores sociales dentro de un país atrasado y débil como Italia, sino más bien entre los pueblos de las naciones desarrolladas, imperialistas, capitalistas, “plutocráticas”, y los pueblos de los países atrasados, explotados y colonizados. Esta actitud se ha convertido en un concepto político clave del siglo XX, y ocupaba un lugar central en el pensamiento de los fascistas italianos.
    El fascismo. Pg 29. Por Stanley G. Payne. 1980. Alianza Editorial, edición de 2009.
    A su vez, el régimen de Hitler, con su rechazo del marxismo y el materialismo y de los principios formales del totalitarismo burocrático, no adoptó la misma forma que el comunismo ruso, pese a las teorías de algunos críticos acerca de un supuesto totalitarismo compartido. Sin embargo, hubo algunas formas específicas en las que el nacionalsocialismo tenía paralelismos con el comunismo ruso, en medida mucho mayor de lo que podía tener el fascismo. En la siguiente lista se sugieren algunos de los parecidos y paralelos: [] 5. Adopción de la teoría de las naciones desposeídas y proletarias, que Lenin no hizo suya hasta después de que se hubiera introducido en Italia
    El fascismo. Pg 66. Por Stanley G. Payne. 1980. Alianza Editorial, edición de 2009.
    En los años 60 y principios de los 70 también se atribuyeron a los revolucionarios estudiantiles grandes posibilidades de adoptar el papel de neofascistas. Entre sus características supuestamente fascistas figuraban la formación de la ideología por la acción y no por la teoría, el antiintelectualismo, el no racionalismo, el voluntarismo y el activismo, la tentativa de trascender tanto el liberalismo como el marxismo en busca de un nuevo futurismo, la fascinación con los mitos y los héroes, el reclutamiento mediante un “generacionismo de clase”, el uso de la violencia, el odio a las plutocracias, la defensa de las doctrinas de las naciones proletarias en pro de los nacionalismos del tercer mundo o comunistas, y el apoyo al militarismo extremo entre estos últimos. La lista no dejaba de ser impresionante, pero carecía, por lo menos, de un número igual de puntos en los cuales los estudiantes radicales diferían fundamentalmente del fascismo.
    El fascismo. Pg 130. Por Stanley G. Payne. 1980. Alianza Editorial, edición de 2009.
  10. Eclipse & Re-emergence, archivado desde el original el 16 de julio de 2006, consultado el 17 de julio de 2019  |archiveurl= y |urlarchivo= redundantes (ayuda); |archivedate= y |fechaarchivo= redundantes (ayuda)
  11. «K. POLANYI, La esencia del fascismo, seguido de Nuestra obsoleta mentalidad de mercado, traducción y estudio introductorio de César Ruiz Sanjuán, Madrid, Escolar y Mayo, 2013». Res Publica. Revista de Historia de las Ideas Políticas 17 (1): 315-368. 2014. ISSN 1576-4184. 
  12. Polanyi, Karl (2013). La esencia del fascismo. Nuestra obsoleta mentalidad de mercado (César Ruiz Sanjuán, trad.). Madrid: Escolar y Mayo. ISBN 9788416020041. 
  13. El término autoritarismo (que implica la concentración del poder sin aceptación de oposición, pero la admisión de un cierto pluralismo en sus apoyos y la carencia de una intención o capacidad de homogeneización total de la sociedad) surgió como opuesto a totalitarismo (que es el que reivindicaba para sí el fascismo), en los análisis posteriores, sobre todo el de Juan José Linz, en muchas de sus obras, por ejemplo Totalitarian and Authoritarian Regimes, Rienner, 2000.
  14. a b El fascismo. Pg 84. Por Stanley G. Payne. 1980. Alianza Editorial, edición de 2009.:
    La paradoja de todo esto es que los analistas serios del gobierno totalitario reconocen hoy día que la Italia fascista nunca llegó a ser totalitaria. En la década siguiente al establecimiento del sistema de Mussolini, la dictadura leninista en la Unión Soviética se vio transformada implacablemente por Stalin en un sistema completo de socialismo de estado con un control dictatorial de facto casi total de la economía y de todas las instituciones oficiales. Unos años después, la dinámica ambición de poder del régimen de Hitler en Alemania, con su eficacia policíaca, su poderío militarista, su sistema de campos de concentración y, con el tiempo, sus políticas de exterminio en los territorios conquistados, pareció crear un equivalente nacionalsocialista no comunista del sistema estalinista de control. Estos dos han aportado los modelos dominantes de lo que los analistas políticos, especialmente entre 1940 y 1960, tendían a calificar como totalitarismo.
  15. El fascismo. Pg 149. Por Stanley G. Payne. 1980. Alianza Editorial, edición de 2009.:
    Las longevas dictaduras española y portuguesa, que sobrevivieron hasta 1974 y 1975, han constituido otro problema para los estudiosos del fascismo genérico y de los estados nacionales autoritarios de Europa. Pese a ser productos bastante típicos de la nueva política de la era fascista [] sobrevivieron en tres decenios a su terminación y, en el proceso, tuvieron que introducir algunos ajustes fundamentales en el período de postguerra de la historia de una Europa comunista y socialdemócrata. Casi ningún analista riguroso afirma que el régimen de Franco o Salazar fueran jamás plena ni siquiera intrísicamente fascistas, y algunos niegan que tuvieran en absoluto algo que ver con el fascismo. Sin embargo, parece bastante claro que en el primer decenio del régimen de Franco existía un importante componente de tipo fascista, lo cual indica que el caso español es complicado.
  16. H. R. Trevor-Roper: «The phenomenon of fascism», en S. Woolf (ed.): Fascism in Europe (especialmente pág. 26). Londres: Methuen, 1981. Citado en Roger Eatwell: Reflections on fascism and religion.
  17. Son dos frases de distintos discursos. La primera de 1934: «Se va hacia nuevas formas de civilización, tanto en política como en economía. El Estado vuelve por sus derechos y su prestigio como intérprete único y supremo de las necesidades nacionales. El pueblo es el cuerpo del Estado, y el Estado es el espíritu el pueblo. En la Doctrina Fascista, el pueblo es el Estado y el Estado es el pueblo» (18 de marzo de 1934). La segunda, del llamado Discurso de la Ascensión, 26 de mayo de 1927: «Nosotros confirmamos solemnemente nuestra doctrina respecto al Estado; confirmo no menos enérgicamente mi fórmula del discurso en la Scala de Milán: Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado».
  18. En toda Europa se utilizaron mucho —con fines polémicos y bastante alejados del propósito de los autores— el libro de explícito título La rebelión de las masas (de José Ortega y Gasset), así como otros como La decadencia de Occidente (de Oswald Spengler), éste en polémica con A study of history (de Arnold J. Toynbee).
  19. Emma RODERO ANTÓN: Concepto y técnicas de la propaganda y su aplicación al nazismo.
  20. Las características definitorias del fascismo pueden enumerarse, como hacen de manera muy completa Vicenç Navarro, siguiendo y completando a Edward Malefakis:
    1. «Buscaron no solo tomar el poder sino también crear una nueva clase de hombre (y añadiría yo, una nueva clase de mujer) y de sociedad, a través de una ideología que glorificaba la jerarquía, el nacionalismo y la guerra (y, añadiría yo, la fuerza física)».
    2. «Tal voluntad de cambio se centraba en un solo líder con cualidades supuestamente sobrehumanas, al que no deberían imponerse restricciones de ningún tipo».
    3. «El líder nació de, y a su vez dio a luz, a un poderoso partido político que le ayudó a conseguir sus objetivos:...el partido fue creado antes, y no después, de la toma del poder por el fascismo y era un instrumento indispensable en esa lucha».
    4. «Con objeto de glorificar a su líder, a su partido y a sus objetivos, el fascismo puso un énfasis tan extraordinario en la propaganda (que tenía por misión) crear un lazo místico con el dictador. Las nuevas tecnologías, especialmente la radio pero también el cine y el periodismo gráfico, se utilizaron en una medida sin precedentes».
    5. «Inherente al fascismo, e incesantemente reiterado como un objetivo en su propaganda, fue una manera extrema de nacionalismo».
    6. «Otro objetivo fundamental del fascismo fue la consecución como su objetivo político de una prosperidad material sin precedentes... Tal proceso tenía un carácter místico. Quizá el mejor ejemplo sea el sueño de Hitler de una red de autopistas entrecruzando el país por la que todos los alemanes pudieran conducir su Volkswagen».
    7. «Para asegurar el apoyo entusiasta del pueblo en la lucha por estos y otros objetivos, habría que organizar la sociedad más concienzudamente que nunca. De ahí la necesidad de crear nuevas organizaciones. El intento era el de organizar toda la sociedad instalando una visión nueva que rompió con el sistema anterior, exigiendo una subordinación de todas las organizaciones sociales, económicas y políticas», y
    8. «Además de la Iglesia, había otros grupos sociales subordinados al nuevo orden fascista, especialmente en Alemania, donde el poder de Hitler era mayor... Y se formó una alianza fáustica con grandes empresas que fue ventajosa para ambas partes, pero no había duda alguna sobre quién estaba al mando en última instancia, sobre todo después de que el fascismo se pusiera en pie de guerra. Las instituciones culturales fueron fascistizadas, igual que los clubes deportivos. El grupo que estuvo más cerca de retener su antigua autonomía fue el militar, dado que era esencial para la consecución de los objetivos fascistas de política exterior. En Italia, había un obstáculo adicional: la existencia de la monarquía, poseedora de una vaga legitimidad residual que en 1943 propiciaría la caída de Mussolini».
    9. Racismo,
    10. negación de lucha de clases y
    11. anticomunismo.

Edward Malefakis, La dictadura de Franco en una perspectiva comparada, en García Delgado Franquismo: el juicio de la historia. Ediciones Temas de Hoy, 2000, pág. 28, citado por Vicenç Navarro, en Franquismo o fascismo (Reformaenserio, abril de 2001). Otra enumeración muy completa es la de Umberto Eco (en Fascismo eterno):

  1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos... Cultura sincrética, que debe tolerar todas las contradicciones. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sion, la alquimia con el Sacro Imperio romano.
  2. Rechazo del modernismo.
  3. Culto de la acción por la acción.
  4. Rechazo del pensamiento crítico.
  5. Miedo a la diferencia.
  6. Llamamiento a las clases medias frustradas.
  7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.
  8. Envidia y miedo al «enemigo».
  9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.
  10. Elitismo, desprecio por los débiles.
  11. Heroísmo, culto a la muerte, a la épica.
  12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas, donde las armas representan la virilidad.
  13. Populismo cualitativo, oposición a los «podridos gobiernos parlamentarios».
  14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico.

(Los puntos se citan extractados, por su primera frase). El texto de Eco, que aparece en varias publicaciones y conferencias, tiene a veces el subtítulo de Catorce maneras de mirar a un Camisa Negra.

  • Norberto Bobbio y otros: Diccionario de política. México: Siglo XXI Editores (décima edición en español), 1997. Citado por Ludovico Incisa en Glosario de terminos y conceptos políticos. Voz Fascismo.
  • Larralde, Humberto García: «¿Qué es el fascismo?» El Independent
  • Enric González, «La responsabilidad de los intelectuales. La ambigüedad italiana», en El País, 14 de octubre de 2006.
  • Javier Rodríguez Marcos: «Fascistas de vanguardia», en El País, 30 de marzo de 2009.
  • En una pieza complementaria al artículo citado anteriormente, Javier Rodríguez Marcos cita junto a estos también a escritores menores, que describe como señoritos fascistas (Eugenio Montes o Tomás Borrás). Recoge la muy citada fórmula de Andrés Trapiello para describir su trascendencia: Ganaron la guerra y perdieron la historia de la literatura (Las armas y las letras, Ed. Península).
  • Las tesis de Nietzsche, por el contrario, condenan el proselitismo y desprecian a los fanáticos (Así habló Zarathustra). El pastiche intelectual del fascismo incluía conceptos como la voluntad de poder de Nietzsche, lo «único» de Stirner, la intuición bergsoniana, los «mitos» de Sorel, el pragmatismo y, como último descubrimiento, el relativismo de Einstein. (Tasca, A. El nacimiento del fascismo, Barcelona, 1969, citado por Fernando Arcas Cubero El fascismo italiano, en Gran historia universal, vol. 14, Madrid: Nájera-Club internacional del libro. ISBN 84-761-678-6).
  • Bartolomé Tiscornia, La rebelión contra la ciencia en el final del siglo XX.
  • Payne, Stanley (1965), Sobre Falange Española, Ruedo Ibérico, París. Para S. Ellwood, lo que lo caracterizaba era el nacionalismo, el imperialismo y el irracionalismo. Ellwood, S (1984) Prietas las filas. Historia de la Falange Española, 1933–1985, Grijalbo (citados en [1]
  • Los famosos 11 principios de la propaganda de Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, y que se encuentran citados en muchos lugares, suelen citarse como recogidos en el libro de L. W. Doob. Goebbels y sus principios propagandísticos en Sociología de la Comunicación de Masas. M. De Moragas Editor. Barcelona, 1982, págs. 472–495), por ejemplo por Carlos Gutiérrez-Cuevas Hacia una Crítica de la comunicación organizacional o en esta Bibliografía de la Segunda Guerra Mundial de Artehistoria.
  • Antonio Fernández (1981), Historia del mundo contemporáneo, Barcelona: Vicéns Vives ISBN 84-316-1774-8, pág. 331.
  • Francisco Franco y Millán Astray, que inspiraron el Credo Legionario y expresiones como Viva la muerte y abajo la inteligencia, en el famoso incidente de este último con Miguel de Unamuno (que respondió al desafío del general con un Venceréis, pero no convenceréis). Este enfrentamiento ocurría el 12 de octubre de 1936 Día de la Raza en la Universidad de Salamanca templo de la sabiduría del que el rector Unamuno se consideraba sumo sacerdote. Habían pasado pocos meses del comienzo de la Guerra Civil Española. Hay todavía varias versiones sobre los términos exactos del enfrentamiento:[3]
  • Fernando Arcas Cubero El fascismo italiano, en Gran historia universal, vol.14., Madrid: Nájera-Club internacional del libro. ISBN 84-761-678-6. Cita la expresión como original de Touchard
  • Antonio Fernández, op. cit., pg.331
  • Glosario. Primera Guerra Mundial, en Rediris. Para conseguir su entrada en la guerra junto a la Entente, se promete a Italia la anexión tras el fin de la guerra de territorios pertenecientes al Imperio austrohúngaro: Trentino, Tirol meridional, Trieste, Istria y parte de Dalmacia. El tratado se firmó como un pacto secreto, el 26 de abril de 1915. El Tratado de Versalles no cumplió con estas expectativas.
  • En Génesis e interpretaciones del fascismo (La Jornada Semanal, domingo 22 de enero de 2006, núm. 568), Annunziata Rossi [4] presenta un panorama sobre estas interpretaciones, citando entre otros a Benedetto Croce o Thomas Mann, y especialmente a Eric Fromm (1947) Miedo a la libertad y a Georg Lukács (l953) Asalto a la razón.
  • Chomsky, Noam (1987) On Power and Ideology. The Managua Lectures (Paperback) 08096082903, Cambridge: South End Press; citado por Antonio Guillermo García Danglades Neofascismo
  • Comenta el profesor Roderick Long:
    Primero, donde el comunismo pretende sustituir la propiedad privada por estatal, el fascismo pretende incorporar o cooptar la propiedad privada dentro del aparato estatal a través de una alianza público-privada. El fascismo tiende a ser más tentador que el comunismo para los intereses de los ricos quienes pueden verlo como un medio para aislar su poder económico de la competencia a través de un proceso de cartelización forzosa y otras estratagemas corporativistas.
  • Hobsbawm, op. cit. pg. 135, citando a Kunznets, Simon, 1956, Quantitative aspects of the economic growth of nations.
  • Los mitos del fascismo, una breve clarificación del espectro político del fascismo
  • Jürgen Habermas, "Die Scheinrevolution und ihre Kinder. Sechs Thesen über Taktik, Ziele und Situationsanalysen der oppositionellen Jugend" (Frankfurter Rundschau, 5 de junio de 1968) en: Wolfgang Abendroth, Oskar Negt, Die Linke antwortet Jürgen Habermas, Europäische Verlagsanstalt, pp. 5–15. Habermas later retracted the term in: Jürgen Habermas, "Probe für Volksjustiz", Der Spiegel, 10 de octubre de 1977.
  • Roderick Long en Liberalismo contra fascismo:
    Segundo, donde el comunismo tiende a ser cosmopolita e internacionalista, la ideología fascista tiende a ser chauvinísticamente nacionalista, acentuando la lealtad particularista hacia el país, la cultura o la etnia de cada uno; a esto se le une la desconfianza hacia el racionalismo, una preferencia económica por la autarquía, y una visión de la vida como una inevitable pero gloriosa batalla. El fascismo también tiene a cultivar un ser humano gregario o völkish, la retórica de «el hombre del pueblo», «el pragmatismo por encima de los principios», «el corazón por encima de la cabeza», «no prestes atención esos intelectuales cabezas de chorlito». Estos contrastes con el comunismo no deberían ser exagerados, claro está. Los gobiernos comunistas no pueden permitirse suprimir la propiedad privada por completo, en tanto ello les llevaría a un veloz colapso económico. Además, a pesar de todo el cosmopolitismo e internacionalismo que puedan caracterizar a los regímenes comunistas en la teoría, tienden a ser tan chauvinísticamente nacionalistas en la práctica como sus primos los fascistas; mientras que, por el otro lado, los regímenes fascistas podrían apelar demagógicamente al universalismo liberal.
  • Roderick Long en Liberalismo contra fascismo:
    Con todas estas similitudes, existe una diferencia en énfasis y estrategia entre el fascismo y el comunismo. Cuando se trata de encarar las instituciones vigentes que amenazan el poder estatal -las empresas, iglesias, la familia o la tradición- el impulso comunista pasa en gran medida por abolirlas; mientras que el impulso fascista consiste en absorberlas.

    Las estructuras de poder externas al estado son potenciales rivales del propio poder estatal, por lo que los estados siempre tienen alguna razón para pretender su abolición; el comunismo da rienda suelta a esta pulsión. Pero las estructuras de poder externas al Estado son también potenciales aliados del Estado, particularmente si sirven para reforzar los hábitos de subordinación y acatamiento entre la población, y por tanto, siempre existe la oportunidad potencial de una alianza mutuamente beneficiosa; aquí mismo descansa la estrategia fascista.

    Estos rasgos en los que el fascismo difiere del comunismo podrían dar a entender que lo alían más bien con el conservatismo aristocrático tradicional del ancien régime, que es del mismo modo particularista, corporativista, mercantilista, nacionalista, militarista, patriarcal y anti-racionalista. Pero el fascismo difiere de este desfasado conservadurismo en abrazar el ideal del progreso industrial dirigido por directores tecnócratas, así como en adoptar una postura populista capitaneando la lucha del «hombre desamparado» contra las elites -recordemos su gregarismo (Si las tendencias tecnocráticas del fascismo parecen estar en conflicto con su pulsión antirracionalista, entonces, en palabras del protofascista Moeeler van den Bruck «tenemos que ser capaces de vivir con las contradicciones»).
  • Angelo Tasca, lo cuenta en “Los orígenes del fascismo”, Barcelona 1967. P 123
  • Domènech, 2004, 262-263,
  • Caos planificado: Fascismo (Parte 8 de 11), Ludwig von Mises
  • En concreto, Ludwig von Mises señalaba esto en su obra Jena Fisher, ed. (1927). «1.10 Das Argument Des Faszismus» (PDF). Liberalismus. p. 45. ISBN 978-3-89665-385-7. 
    Es kann nicht geleugnet werden, daß der Faszismus und alle ähnlichen Diktaturbestrebungen voll von den besten Absichten sind und daß ihr Eingreifen für den Augenblick die europäische Gesittung gerettet hat. Das Verdienst, das sich der Faszismus damit erworben hat, wird in der Geschichte ewig fortleben. Doch die Politik, die im Augenblick Rettung gebracht hat, ist nicht von der Art, daß das dauernde Festhalten an ihr Erfolg versprechen könnte. Der Faszismus war ein Notbehelf des Augenblicks; ihn als mehr anzusehen, wäre ein verhängnisvoller Irrtum.
    No puede negarse que el fascismo y todas las aspiraciones dictatoriales similares están colmadas de las mejores intenciones y que su intervención ha salvado la civilidad europea por el momento. El mérito que el fascismo se ha ganado con ello continuará viviendo para siempre en la historia. Pero la política, que ha traído salvación momentánea, no es de un tipo tal que el permanente aferramiento a ella pudiese ser promisorio. El fascismo fue un recurso de emergencia del momento; verlo como algo más sería un error fatal.
  • De Grand (1995), p. 47
  • De Grand (1995), pp. 48-51
  • Hobsbawm, op. cit. pg. 135
  • Loco Motive, que niega la realidad del mito, atribuye una de las formulaciones de la frase en inglés a Montagu y Darling.Railways and dictators: Germany and Italy between the wars, reproduce artículos de prensa anglosajona de la época uno de los cuales refleja la presión contra los renuentes trabajadores de los ferrocarriles, calificados de parásitos: «Mussolini “sacked” many railway employees, giving them allotments and turning them from parasites into producers» (en «Mussolini and Italy’s railways», artículo de The Railway Gazette, 4 de abril de 1924, pág. 497).
  • Expresión utilizada en el título de una de las obras de teatro del absurdo: La resistible ascensión de Arturo Ui, de Bertolt Brecht.
  • Expansión de los fascismos en artehistoria
  • Hobsbawm, op. cit. pg. 128
  • La expansión de los fascismos en artehistoria. Para el caso español, Ismael Saz (Tres acotaciones a propósito del origen, desarrollo y crisis del fascismo español (enlace roto disponible en Internet Archive; véase el historial y la última versión).) trata brevemente el asunto, citando Genio de España.
    Ese mismo proceso es el que, muy probablemente, lleva a Giménez Caballero de Marinetti —su primer contacto directo con el fascismo— a Malaparte, de Milán a Roma, de la modernidad al agrarismo, de los comuneros al César. Un proceso que, por lo demás, el propio Giménez Caballero quiso ver seguido por el mismo Mussolini, quien sólo al «romanizarse» habría llegado a comprender la verdadera misión universal del fascismo.

    ... asumir el conjunto de aspectos de la ideología fascista que la alejaban de toda concepción política progresista —elitismo, agrarismo, irracionalismo...

    La trágica película Surcos es un ejemplo de cómo la intelectualidad falangista de los años cuarenta y cincuenta concebía el asunto.
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    Enlaces externos